Síntoma vs Signo
una batalla que no debería existir
equilibrium Ourense
Empezar por el principio no siempre garantiza un buen final, pero sí es imprescindible si es lo que buscamos.
Comencemos pues.
La Medicina distingue, desde hace siglos, entre síntoma y signo. Y la distinción y la comprensión precisa de ambos términos es clave para toda la práctica clínica.
El síntoma es lo que el paciente siente e intenta referir: el dolor, el cansancio, la náusea, la angustia…
El signo es lo que el clínico observa: la fiebre medida, el sarpullido claramente visible, el bulto perfectamente palpable, el parámetro analítico alterado…
El primero se dice, con mayor o menor dificultad. Mientras que el segundo se observa y/o se lee.
VAYAMOS A LA RAÍZ
Detengámonos en las palabras ya que a veces, en ellas, el pensamiento se deja ver mejor.
La palabra síntoma nos llega del griego y está formada por syn (junto con) y ptōma (caída, del verbo piptein, caer).
El síntoma es, literalmente, lo que cae con uno, lo que nos acaece, aquello que nos sobreviene sin haberlo buscado. Un acontecimiento del cuerpo que se sufre más que se nombra. Por eso el paciente no describe su síntoma, sino que lo padece, lo arrastra, lo vuelca en el despacho de la consulta esperando una explicación, atención, comprensión y, sobre todo, alivio.
El término signo, en cambio, viene del latín signum: marca, señal, indicio.
Se trata de algo que está ahí, afuera, visible, disponible para una mirada entrenada que sepa verlo. El signo no cae sobre nadie, sino que se queda quieto a la espera de ser visto, de ser “leído”.
Entre la “caída” y la “marca”, entre lo que se sufre y lo que se lee, trabajan las distintas profesiones sanitarias. Ambas cosas son importantes. O, al menos, así debería ser.
Pero desde hace no sé si mucho, pero sí demasiado, la “medicina moderna actual” le da cada vez más importancia, más peso, al signo y, consecuentemente, mucho menos al síntoma. De este modo, a la hora de elaborar un diagnóstico, la inmensa mayoría de los médicos (aunque, afortunadamente, no todos) le otorgan más importancia a la radiografía, a la analítica, al termómetro… y mucho menos al relato del paciente.
Rompiendo una lanza a su favor y no por ello pretendiendo defenderlos, cierto es que en cinco minutos de consulta (entre los cuales dos son requeridos por parte del paciente para entrar, sentarse, levantarse y salir) bastante hacen si miran las pruebas complementarias realizadas. O, más bien, si leen el informe o, incluso, nada más que la conclusión final del mismo.
COMPLEMENTARIAS
Pruebas complementarias.
He ahí el término clave.
Según la RAE: el adjetivo complementario hace referencia a aquello que sirve para completar, mejorar, perfeccionar o añadir a otra cosa, haciéndola íntegra. De este modo, podríamos decir que una prueba complementaria es aquella que permite confirmar, descartar o ampliar información sobre una sospecha clínica, ayudando así a establecer un diagnóstico preciso.
Ahora bien: ¿qué complementa?
Lo que dice el paciente.
Lo que en la jerga técnico-sanitaria se conoce como anamnesis: una entrevista clínica inicial que permite recopilar la información relativa al motivo de consulta del paciente de forma detallada.
Es (o debería ser) el primer paso de toda historia clínica. Primer paso fundamental para establecer un diagnóstico preciso puesto que, según estudios realizados, aporta hasta el 80% de la información necesaria para poder emitir un diagnóstico correcto y, a partir de ahí, definir un tratamiento adecuado.
¿80%?
Sí.
¡Al menos!
¿QUÉ DICE LA PRÁCTICA?
A lo largo de mis años de formación, todos los profesores “experimentados” (entrados ya en edad), independientemente de su profesión (fisioterapeutas, osteópatas, psiconeuroinmunólogos clínicos, médicos, enfermeros, psicólogos, dentistas…), sin excepción, afirmaban que todo paciente escuchado, acompañado, no juzgado y libre para contar su relato ofrecía siempre, en los cinco primeros minutos de la anamnesis, si no la solución, sí la pista imprescindible para ayudarlo y acompañarlo en la resolución de su motivo de consulta: aliviar su dolor.
Piénsalo.
Un poco más arriba te decía que las pruebas complementarias, por definición (y no mía personal) sirven para confirmar, descartar o ampliar información sobre una sospecha clínica.
¿Y en qué basamos o fundamentamos nuestra sospecha clínica?
¡Exacto!
En, una vez más, lo que nos cuenta la persona.
Ejemplo.
Paciente que acude a consulta y empieza su relato, refiriendo dolor en región lumbar, sobre todo cuando…
“No necesito oír más. Lumbalgia. Reposo activo (en el mejor de los casos) y un antiinflamatorio cada 8 horas durante una semana. Cierre la puerta al salir. Siguiente.”
Dejemos al paciente acabar de hablar. Escuchemos atentamente lo que tiene que decirnos.
Continuemos con el mismo ejemplo.
1. Paciente que acude a consulta y empieza su relato, refiriendo dolor en la región lumbar… con la carga y el movimiento.
Ok. Dolor de origen, a priori, mecánico. Preguntaremos por posibles caídas, golpes, esfuerzos importantes, antecedentes traumatológicos… y quizás esté indicado solicitar alguna prueba de imagen.
2. Paciente que acude a consulta y empieza su relato, refiriendo dolor en la región lumbar… con el reposo, sobre todo de noche.
Ok. Dolor de origen, a priori, inflamatorio. Preguntaremos por hábitos relacionados con la higiene del sueño, la alimentación, la toma continuada de medicamentos, niveles de estrés… y quizás esté indicado solicitar una analítica para así conocer algún parámetro concreto.
¿Se ve?
Sospecha clínica.
Sospecha.
Solamente podemos encontrar aquello que estamos buscando.
Obvio, ¿verdad?
Pues, no sé por qué, pero parece que no todo el mundo lo ve igual.
¿Sí?
Sí.
¿A dónde quiero ir a parar?
Fácil: si la próxima vez que acudas a una consulta, del profesional (sanitario) que sea, no eres tú quien habla, al menos, el 80% del tiempo: levántate, da las gracias educadamente y cierra la puerta al salir.
Ahí no es.
“Escuchar es una de las formas más poderosas de ayudar y cambiar a las personas”
Carl Rogers
Gracias por leerme
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