Olvidando lo que somos: el arte de tapar el sol con un dedo

equilibrium Ourense

Vivimos en una época fascinante. En la mejor época de la historia sin lugar a dudas.

Muchas de las cosas que hoy consideramos de lo más normales como pueden ser tener luz con solamente darle a un interruptor o agua limpia abriendo un grifo es algo con lo que ni los más grandes reyes de hace apenas siglo y medio habían soñado.

Nunca antes habíamos tenido acceso a tanta información, tecnología, suplementos, fármacos, aplicaciones, dispositivos o “trucos” destinados a mejorar nuestra salud, nuestro rendimiento o nuestro bienestar.

Y, sin embargo, nunca antes habíamos estado tan cansados, tan inflamados, tan ansiosos y tan desconectados de nuestra propia naturaleza.

Parece que el ser humano moderno vive obsesionado con una idea: mejorar artificialmente aquello que primero ha dejado de cuidar de forma natural.

Dormimos peor, pero consumimos más café.

Nos movemos menos, pero buscamos suplementos energéticos.

Vivimos hiperestimulados y estresados, pero buscamos cápsulas para relajarnos.

Pasamos horas delante de pantallas, pero tomamos melatonina para dormir.

Comemos montones de azúcar y de productos ultraprocesados, pero buscamos estrategias para “activar” nuestro metabolismo.

Dicho de otro modo y con palabros actuales: queremos biohackear un cuerpo al que hemos dejado de escuchar y hemos maltratado. Para mí, uno de los mayores problemas de la salud moderna.

¿Sabes quién es Bryan Johnson? Se tratade un empresario tecnológico estadounidense también conocido como “el gurú de la longevidad”. Un referente global del biohacking famoso por gastar 2 millones de dólares anuales en un estricto protocolo experimental con el fin de revertir su edad biológica llamado Project Blueprint.

Tras sufrir una fuerte depresión y sobrepeso, Johnson convirtió su propio cuerpo en un laboratorio médico con un objetivo radical: no envejecer.

Su rutina diaria incluye:

  • Una dieta vegana estricta de exactamente 1,977 calorías medidas al gramo.
  • El consumo diario de más de 100 pastillas y suplementos.
  • Rutinas de ejercicio milimétricas y monitorización extrema de más de 100 biomarcadores.
  • Terapias experimentales extremas, que incluyen inyecciones de plasma de su propio hijo (ya abandonadas) y terapias con factores Yamanaka, todas ellas ligadas al rejuvenecimiento.

Pese a todo este salvaje protocolo (¿o debido a él?), a mediados de este año 2026, la vida de Bryan Johnson dio un vuelco drástico tras ser diagnosticado con gastritis atrófica autoinmune: una patología hoy incurable que provoca que sus propios anticuerpos ataquen las células de su estómago, elevando significativamente el riesgo de cáncer gástrico.

Lo irónico y alarmante del caso es que la enfermedad avanzó silenciosamente durante una década sin ser detectada, a pesar de que Johnson cuenta con un equipo de 30 médicos y se realiza escaneos de cuerpo completo constantemente. A raíz de esto, el magnate admitió en sus redes que tal vez fue demasiado lejos con el asunto de la longevidad y del biohacking.

Y es que si una cosa podemos tener clara es que el cuerpo siempre gana.

Ya sabes: Cuerpo 1 – Lo que deseo 0.

 

CONFUNDIMOS SALUD CON RENDIMIENTO

El paradigma actual nos ha hecho creer que el cuerpo es una máquina defectuosa que necesita ser optimizada continuamente.

Más productividad.

Más energía.

Más enfoque.

Más dopamina.

Más rendimiento.

Como si el objetivo de la fisiología humana fuese producir sin descanso.

Pero la salud no funciona así. La biología no entiende de prisas, notificaciones, agendas imposibles ni jornadas eternas. Nuestro sistema nervioso no diferencia entre un peligro real y una bandeja de entrada llena.

Nuestro cuerpo sigue funcionando con un software biológico diseñado hace miles de años. Por ello, necesita oscuridad para dormir. Movimiento para regularse. Relaciones humanas para sentirse seguro. Respirar lento para interpretar calma. Descanso para reparar.

Lo paradójico es que muchas veces buscamos soluciones sofisticadas para problemas tremendamente básicos.

 

LO QUE HEMOS NORMALIZADO

Café para sustituir el sueño.

Dormimos seis horas, si no menos. Nos acostamos viendo vídeos o respondiendo mensajes. Y ¡oh casualidad! nos despertamos cansados.

¿La solución?

Café.

Y no uno. Varios.

El problema es que el café no genera energía. Simplemente bloquea temporalmente la percepción de cansancio.

Es como tapar el piloto rojo del coche con una pegatina para no verlo: el cansancio no desaparece. El cuerpo sigue necesitando reparación. Y mientras ignoramos la señal, seguimos acumulando deuda fisiológica.

 

Melatonina en vez de apagar las pantallas.

Otro gran ejemplo de cómo intentamos suplementar hábitos que deberíamos recuperar.

Muchas personas toman melatonina cada noche mientras siguen exponiéndose a luz artificial intensa hasta minutos antes de dormir: series, películas, redes sociales, correos… En definitiva: estimulación constante.

Y después esperamos que una cápsula “engañe” al cerebro.

La melatonina no debería sustituir una correcta higiene del sueño. La oscuridad, la reducción de estímulos y el respeto de los ritmos circadianos siguen siendo las herramientas más potentes que existen.

Pero eso requiere algo que hoy cuesta mucho: incomodidad a corto plazo.

 

Alcohol para anestesiar emociones.

El alcohol sigue siendo una de las herramientas emocionales más aceptadas socialmente hablando. Muchísimas personas no beben para disfrutar del sabor de una u otra bebida, sino que beben para bajar el nivel de ruido mental. Para desconectar. Para reducir ansiedad. Para sentirse más sueltas. Para evitar conversaciones pendientes. Para no quedarse a solas consigo mismas.

Dicho de otro modo: utilizan una sustancia para silenciar temporalmente señales emocionales que necesitan ser escuchadas.

Porque a veces el estrés no necesita vino. Necesita límites. Necesita descanso. Necesita movimiento. Necesita expresar emociones. Necesita tomar decisiones incómodas.

 

Analgésicos para callar al cuerpo.

Vivimos en una cultura profundamente intolerante al malestar. Queremos eliminar cualquier síntoma de forma inmediata.

Dolor de cabeza: pastilla.

Dolor muscular: pastilla.

Insomnio: pastilla.

Ansiedad: pastilla.

Ardor de estómago: pastilla.

Y aunque la medicina y la farmacología tienen un papel importantísimo y necesario en multitud de situaciones, el problema aparece cuando convertimos el síntoma en el enemigo.

El dolor no es un enemigo que debamos eliminar. Es información que debemos aprender a interpretar. Es nuestro cuerpo intentando comunicarse con nosotros.

Y a veces necesita descanso. A veces necesita afecto. A veces necesita movimiento. A veces necesita contacto humano. A veces necesita sentirse seguro.

Curiosamente, sabemos que un abrazo sincero, la conexión social, la gratitud o el ejercicio físico son capaces de modular neurotransmisores y sistemas relacionados con el dolor y el estrés.

Pero eso no suele vender tanto como una pastilla, un gin-tonic o una bolsa de gominolas.

 

Ashwagandha para tolerar una vida que nos está enfermando.

La ashwagandha puede ser útil en determinados contextos. Igual que muchos otros suplementos o fármacos.

El problema aparece cuando utilizamos la suplementación para sostener un estilo de vida profundamente desregulado.

Personas agotadas que no paran. Personas que viven permanentemente en alerta. Personas que llevan años evitando conversaciones, postponiendo decisiones o cambios necesarios.

Y entonces aparece la búsqueda desesperada: “¿Qué suplemento puedo tomar para el estrés?”

A veces la respuesta no está en un suplemento. A veces está en aprender a respirar. En poner límites. En dejar de postergar. En volver a caminar. En dormir. En exponerse a la luz solar. En recuperar vínculos.

La fisiología humana sigue necesitando cosas sorprendentemente simples.

 

Las redes sociales para estimular una vida, aunque sin llegar a conectar.

Las redes sociales tienen muchas cosas buenas… y otras tantas malas.

Una vez más y como casi siempre, tal y como promulgaban los estoicos, la virtud está en el punto medio, en la templanza.

La redes sociales estimulan, son un chute de dopamina, ofrecen validación rápida… aunque muchas veces más que conexión, suponen una distracción.

 

LA INDUSTRIA NO SUELE BENEFICIARSE DE LO SIMPLE

Aquí aparece un punto incómodo. Y crucial.

Un paciente que duerme bien, se mueve, come alimentos reales, tiene relaciones sanas, dispone de herramientas para gestionar el estrés y entiende su cuerpo… suele necesitar menos productos. Y eso no siempre encaja con determinados modelos de negocio.

La industria alimentaria necesita que consumas productos hiperpalatables.

La industria farmacéutica necesita cronificación.

La industria del bienestar necesita hacerte sentir constantemente insuficiente.

Resultado: otro suplemento, otro dispositivo, otro protocolo… otro hack.

Y así acabamos desconectándonos y olvidando algo esencial: el cuerpo humano ya posee una enorme capacidad de regulación, adaptación y reparación cuando dejamos de interferir constantemente con su biología.

 

VOLVER A LO BÁSICO SUELE SER MÁS DIFÍCIL QUE COMPRAR UN SUPLEMENTO 

Lo básico no siempre es cómodo. Pero quién ha dicho que la vida lo fuera…

Dormir antes.

Apagar pantallas.

Moverse cada día.

Comer comida real.

Tener conversaciones incómodas.

Aprender a aburrirse.

Respirar.

Exponerse al sol.

Descansar.

Nada de eso parece revolucionario. Y precisamente por eso muchas personas lo infravaloran. Sin embargo, la fisiología humana lleva millones de años afinándose alrededor de esos pilares.

No necesitamos convertirnos en máquinas. Necesitamos volver a comportarnos un poco más como seres humanos. Porque quizá el verdadero avance no sea inventar más formas de hackear nuestra biología. Quizá el verdadero avance sea recordar cómo dejar de sabotearla.

Como decía el filósofo francés Jean-Jacques Rousseau: “El hombre nace libre, pero en todas partes se encuentra encadenado.”

Y tal vez una de las cadenas modernas más invisibles sea precisamente haber olvidado lo que somos biológicamente mientras perseguimos constantemente aquello que creemos que deberíamos ser.

 

¿QUÉ PUEDES HACER TÚ?

Recuperar el control. Escuchar tu cuerpo. Respetar tu biología.

Solo eso.

Todo eso.

No puedes cambiar el sistema, pero sí cómo te mueves dentro de él. No puedes controlar todas las variables, pero sí aquellas que dependen única y exclusivamente de ti.

Más allá de lo ya comentado a lo largo de este artículo, creo que es importante recordar que nuestros hábitos influyen en el funcionamiento de nuestro cerebro y de nuestro sistema nervioso.

Te dejo a continuación unos pocos que «no cuestan nada» y que han demostrado ser de gran ayuda:

1. Escribir a mano.

Escribir a mano justo al despertar activa la corteza motora primaria y el hipocampo, fortaleciendo la conexión mente y cuerpo. Estudios de neuroimagen muestran que la escritura manual aumenta la actividad de la corteza prefrontal comparado con el mecanografiado, mejorando la memoria y la claridad de pensamiento.

2. Respirar

La respiración profunda y lenta (inhalación de 4 segundos y exhalación de 6 segundos) activa el nervio vago, reduciendo el cortisol (la mal llamada hormona del estrés) y aumentando la variabilidad de la frecuencia cardíaca.

3. Escuchar música sin letra.

La música instrumental activa la corteza auditiva primaria y las áreas creativas del cerebro, sin competir con los centros del lenguaje. Estudios demuestran una reducción de la ansiedad matutina y un aumento en la capacidad de resolver problemas.

4. Definir una tarea no negociable.

Elegir una tarea prioritaria elimina la famosa parálisis por decisión, gran consumidor de la energía cognitiva matutina. El cerebro entra en modo ejecutivo, activando el núcleo accumbens (sistema de recompensa) incluso antes de que empieces.

5. Mirar hacia el horizonte.

Enfocarse en distancias largas relaja los músculos ciliares de los ojos y activa el sistema parasimpático, reduciendo la fatiga mental. Diferentes estudios han demostrado que 2 minutos de visión panorámica reducen la tensión ocular y mejoran la claridad cognitiva.

6. Agradecer

La gratitud matutina activa la corteza prefrontal medial izquierda, vinculada al bienestar, elevando la serotonina: la hormona de la felicidad. Estudios han demostrado que practicar la gratitud reconfigura los circuitos neuronales, volviendo el cerebro más propenso a la positividad.

 

¿Más complicado que tomarse una pastilla? Puede.

¿Efectos más duraderos y coherentes con lo que tu cuerpo espera de ti? Sin lugar a duda.

Quizás no necesitemos otro hack. Quizás solamente necesitemos volver a escuchar. Volver a escucharnos. Volver a SER.

 

“Si ya sabes lo que tienes que hacer y no lo haces entonces estás peor que antes”

Confucio

 

 

Gracias por leerme

 

¡Qué hagas un gran día!

No te mereces menos.

 

 

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